Una generación trastornada

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Cuando el psicólogo Ahmed al Hakim se acercó a un grupo de críos mendigos en el barrio chií de Kadimiya no pudo dar crédito a la conversación que mantenían.

Uno contaba orgulloso cómo había arrancado con los dientes un dedo a un cadáver para robarle el anillo. Otros dos le interrumpieron para recordar cómo después de uno de los atentados suicidas que afectaron el barrio todos se abalanzaron sobre las víctimas para despojarles de carteras, anillos y todo objeto de valor”, recuerda estremecido.

Una generación completa de iraquíes está bajo shock y actúa al margen de los límites morales más elementales. Ni la más violenta película bélica se aproxima a las escenas que se ven obligados a ver los niños a diario en la antigua Mesopotamia.

Los más desafortunados son víctimas directas de secuestros, torturas o explosiones o se ven expuestos a combates armados, cuando no son testigos de hechos tan espeluznantes como violaciones, atentados suicidas o ejecuciones sumarias. Los más afortunados tienen algún pariente, por lo general cercano, víctima de la violencia.

De ahí que el 70 de los niños iraquíes entre cinco y 15 años, según un estudio del psiquiatra infantil Haidar al Maliki, sufra el síndrome del estrés postraumático (PTSD, en sus siglas en inglés). Los resultados incluyen la investigación sobre el terreno del psicólogo Al Hakim y cinco colegas que estudiaron a los niños de Kadimiya.

El 28 de los casos estudiados han sido víctimas de secuestros“, explica Al Maliki. “Un porcentaje ligeramente menor ha resultado herido o ha asistido a una explosión, y el resto ha quedado expuesto a otros episodios de violencia como tiroteos o ejecuciones”. En su clínica de Al Askan, el psiquiatra recibe a entre ocho y 10 críos al día. Muchos de ellos están psicológicamente arruinados.

“El caso más difícil que tengo actualmente es una niña de nueve años secuestrada hace cuatro meses cuando salía de la escuela. Estuvo cautiva 15 días junto a otras niñas, y en ese tiempo una de las rehenes fue violada delante suya y otra fue asesinada. Ahora, la pequeña sufre flashbacks y es acosada por las pesadillas, tanto que padece enuresis (orinarse en la cama de forma involuntaria)”.

El apoyo del entorno, fundamental

El doctor explica cómo la intervención de las familias es imprescindible para la recuperación de los niños, si bien apunta a la “gran capacidad de adaptación” de los iraquíes como clave en su rehabilitación. Sólo el apoyo del entorno explica la fortaleza mental de Ali, un chico de Abu Grhaib de 12 años. “Un grupo de criminales irrumpió en su casa hace un año. Le violaron en la cocina delante de sus padres”.

Estas experiencias traumáticas están dejando secuelas entre los críos que amenazan con ser permanentes, relata el doctor Al Hakim. “El estudio que realizamos en Kadimiya muestra cuatro consecuencias principales: aislamiento social, hiperactividad que degenera en agresión, antisociabilidad y depresión”. “Los chicos se convierten en seres muy violentos, y sólo hay que verlos en la calle. Todos juegan con armas“, añade el psiquiatra Al Maliki refiriéndose a una realidad cotidiana que se aprecia en todos los rincones de Bagdad.

“Cada día se libran combates reales en las calles, enfrente de sus casas y escuelas. Es muy difícil para los chicos adaptarse a algo así”, confirma Mohamed al Abudi, consejero de Salud Mental del Gobierno iraquí y autor de otro estudio sobre salud mental que obtuvo resultados muy similares a los de Al Maliki”.

Es difícil escapar de la violencia

Tratamos de convencer a los padres de los críos bajo shock de que cambien de vivienda o escuela para que los niños se alejen mentalmente de esas experiencias, pero no siempre es posible”. Por otro lado, es difícil escapar de la violencia cuando es omnipresente en todo Irak.

En un país donde ver cadáveres arrojados en los arcenes de camino al colegio o asistir a una ejecución es algo frecuente, la única esperanza que albergan los expertos en salud mental es que el apoyo familiar ayude a amortiguar el impacto de la violencia, aunque no siempre es posible.

En el caso de los niños abandonados o que han perdido a sus padres en las diversas guerras que se agolpan en Irak, la situación es incierta. Hasta la caída de la dictadura los familiares lejanos de los chicos se hacían cargo de ellos, como dictaba la tradición social, pero la actual inestabilidad y el desempleo lleva hoy a muchos parientes a abandonarlos.

Aunque las ONG no se atreven a dar cifras, el Gobierno iraquí ha hablado de cinco millones de huérfanos (hay que contar con que las familias iraquíes suelen tener cinco o seis hijos), una estadística aparentemente abultada. Ante la carencia de centros especializados –según el Ministerio de Asuntos Sociales en todo el país sólo hay 18- muchos terminan en las calles, organizándose en bandas para autoprotegerse.

“Crean grupos especialmente violentos dedicados al robo, y luego se enfrentan a la hora de repartirse el botín”, prosigue Al Hakim. El Comité para las Organizaciones Sociales del Parlamento ha criticado duramente el cierre de los orfanatos privados ordenado por el Ejecutivo.

Lo más triste es pensar que esta generación bajo shock traumático representa el Irak del futuro. “Es imposible saber qué será de esta generación cuando crezca, pero es indudable que psicológicamente estará muy afectada”, concluye la doctora Emtedar Armi, responsable de uno de los orfanatos estatales de Bagdad.

Fuente: El Mundo

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